Capitulo do livro Labirinto Emocional, em espanhol

Walter

         Ya por algún tiempo convivo con una inmensa voluntad de homenajear un amigo muy querido, pero era sólo voluntad, entonces poco a poco las cosas fueron encaminándose para este mi libro. Su vida puede considerarse un drama triste para algunos, una historia común y corriente para otros, pero para mí, humilde y necesaria.

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            Walter no es ni mucho latino y ni tanto americano, es descendiente de familia judía, que llegó al Brasil durante el éxodo moderno, éxodo que ha esparcido el pueblo santo para las naciones paganas. De mediana estatura, moreno claro y semblante sereno, Walter se dispuso a ir lejos para alcanzar su sueño. A los 18 años dejó la casa de sus padres, en el sur del Brasil, para ir detrás de lo que siempre quiso ser, periodista. Con mucha dedicación llegó a la cima de la fama y del prestigio, pero fama y prestigio nunca le han subido a la cabeza, manteniendo siempre una postura firme con la vida, pero con mucha humildad.

            No me importa las críticas, porque sé que voy a agradar a unos y desagradar a otros. No me considero novelista, soy músico y no escritor, hasta porque tengo consciencia hoy de la existencia del maestro Machado de Assis y de otros. Quiero sólo presentar al lector la vida de un gran hombre, vida que mucho me sirve de referencia. Por otro lado, no niego, homenajear a Walter es una disculpa, porque en el fondo tengo ambiciones literarias de hecho. Ya he leído – no me acuerdo en cual periódico – que un premio Nobel de Literatura, entre los pocos que conozco, alcanzó tal éxito por un empeño mucho más fútil que el mío. No soy literato, en realidad no me gustan los literatos, ellos tienen maldades disfrazadas, son crueles al extremo y se manipulan por un espíritu egoísta y arrogante, creen que tienen siempre razón, o que siempre tienen la mejor opción o salida para cualquier eventualidad, que saben explicar todo y dominar cualquier tema —, sobre todo cuando se trata de sentimientos envolviendo las relaciones humanas.

            Soy amigo íntimo de Walter, por eso que no cometo exageración alguna acerca de sus virtudes. Walter es leal con sus entes queridos, compañero fiel, siempre dispuesto a ayudar y a cualquiera que sea. Él no espera que le implore de rodillas (como hacen algunos filantrópicos oficiales), actúa y si es necesario, da la propia vida. Cierta vez, fui testigo de una grande acción de Walter. Con una carta sencilla de recomendación, ayudó a un señor nordestino a obtener un buen empleo. Señor João era casado, tenía seis hijos, padecía de carencia extrema, vivía debajo de un viaducto en el centro de la ciudad, sitio de los desvalidos de la suerte. Este hombre sólo quería un empleo: “porque tengo que sostener a mi familia”, se justificó para Walter.

            A principio de los años cincuenta, el mundo vivió un clima de esperanza, una nueva aurora ha sido desvendada, el sol de la felicidad parecía bien claro, se esperaban días de paz, tal vez un entendimiento mejor de los conflictos mundiales, en fin, se creía en la paz   – digo “paz global” como nunca alcanzada y ahora tan soñada, deseada – y todo ello a causa de la Segunda Guerra Mundial. Pasada la guerra, Walter, periodista investigativo, buscó encontrar razones que llevó el mundo a entrar en esta guerra tan cruel y con resultado tan avasallador, y, segundo él, llegó a la conclusión de que todo era locura, locura por un poder supremo, era lo que anhelaba Hitler, dominar el mundo y toda la humanidad.

            Tuve el placer y privilegio de vivir un tiempo de oro de la música brasileña, la era de la Bossa Nova. Cantaba todo el repertorio de la Bossa Nova en un bar de Copacabana, donde conocí Walter. En los fines de semana él asistía al fútbol por allí con cerveza súper helada y por la noche me escuchaba cantar. Después de los espectáculos siempre conversábamos, pero Walter no era un buen oyente, sólo él quería hablar. Lo que me irrita es que algunos periodistas s creen dueños de la verdad y descalifican cualquier idea distinta de las suyas. Walter no era distinto de eso, le gustaba exponer su punto de vista y exigía, por medio de una fuerza moral descomunal que fuera acepto como final y absoluto.

            Hasta cierto punto, me considero un buen observador, a punto de percibir que Walter, a pesar de todo lo éxito como periodista, tenía una mirada triste  y lejana, un aire débil como que se hurtando de vivir dentro de su realidad. Como él hablaba muy poco de su vida personal, tardó algunos días para abrirse conmigo. Hasta que un día decidió hablar. Y fue así:

            “Hijo – lo que más amaba, mi preferido, aquél en quien reconocía mi propia alma, aquél de mi esperanza y razón de mi existencia, — por una desgracia del destino fue a la guerra, fue muy valiente por lo que supe, pero murió en batalla, cuando rescataba un soldado. Con la muerte de mi hijo perdí la razón de vivir. Atravieso un mar de desilusión sin fin y creo que nunca más tendré fuerzas para alcanzar la otra orilla, porque he sido tragado por el monstruo feroz de la depresión. No sé más como es sonreír con el alma, vivir, iser feliz por entero! Esta tragedia me alcanzó como un huracán, sin dejar piedra sobre piedra, ni medios necesarios para la supervivencia. Camino días y noches buscando refugio y consuelo en el corazón de los amigos, ahogando mis resentimientos en vasos de desilusión. Me convertí un ebrio, un loco sin norte y sin dirección. No vivo, y se aún respiro es por la ilusión que me rodea diciendo que yo todavía tendré mi hijo en los brazos — un sueño que tengo como única razón para mi existencia. Mi hijo tenía muchos sueños, y la guerra no era uno de ellos. El sueño de él era ser ingeniero. Él era un muchacho muy bonito y alto, tan tierno en cuanto a la otra hija, Rute, la benjamín. Pero ella no tiene la misma inteligencia que él tenía. Walter Júnior era muy inteligente, no me gustaba decir eso directamente a él, pero Beatriz e yo siempre creemos que él fuera un genio, alguien muy especial. Se parece a mí en algunas cosas, mientras vivía con nosotros siempre fue independiente y capaz, tierno, cariñoso, sensible y responsable – he aquí mi orgullo. Invertí todo en él: mis sentimientos, mi esperanza. Él era mi propia vida, la continuación de mi ser en esta difícil jornada que conocemos como vida humana.”
Él se secó las lágrimas, volcó un vaso de cerveza en la boca y siguió.

No hay dolor mayor que la de perder un hijo. Es indescriptible. iIndescriptible! He transmitido a él todo de mí, menos mis defectos y mis debilidades. Añadí mis virtudes para imprimirle fondo en el alma. Y observé que él asimiló todo, más que esperaba. En los desafíos de la corta vida que ha vivido, su fuerza moral y firmeza de carácter eran inquebrantables — lo que me sorprendía. Me acuerdo de él del tiempo del colegio: venció barreras y obstáculos infranqueables para cualquier niño de su peso, de su estatura culto-social. Él no se corrompía y defendía con pasión sus ideales y convicciones, fue gracias a estos predicados que él alcanzó respeto y prestigio ante los colegas y profesores.

Yo me entristecí como si acabara de ver el fondo del alma de Walter. No dije nada: sólo le extendí la mano. Él continuó.

Hitler era su propio Dios y quería convertirse el Dios de todos: decidía quien merecía vivir y quien debería morir. Mi hijo no tuvo opción: fue obligado a entrar en esta cruel broma, en esta ruleta rusa. No consigo entender y tampoco perdonar un hombre así, y creo que Dios no sea tan clemente con él, ique de ser humano no tenía nada!

Tenía la impresión que, si Walter no se desahogara con alguien, se pondría loco. “Cerveza”. Él pidió al camarero para disfrazar el dolor. —Paulo: iestoy más muerto que vivo! —dijo entre un sorbo y otro de cerveza. “Ah, deja de eso!”, hablé, “Usted va a superar esta tragedia”. El camarero. Trajo la cerveza, y dije a Walter para que no bebiera más, pero surtió poco efecto, además de aquella él bebió más dos botellas. Posiblemente, fui la única persona en que Walter confió para llorar por el hijo muerto. Y no lo decepcionaba, al contrario, oírlo pasó a ser mi misión.
Del lado de afuera, una montaña del calor de diciembre entraba, toda vez que Walter lloraba. La luz y las estrellas brillaban plateadas en el cielo azul de aquella noche de verano y describían un arco de luz, pero él no vio nada de eso de tan inmerso que estaba en su tristeza. Walter resolló y meció la cabeza, continuó:

            La insania de doctrinas e ideologías que se desarrollan en las mentes alucinadas, borrachas de los intelectuales rebeldes, vacíos de conducta moral, ajenos a la voluntad de la mayoría de los hombres comunes y de bien, es que retrasa toda la evolución cultural y espiritual de una generación, y es en esta etapa mental en que se desarrollan los preconceptos raciales, culturales y religiosos – y que, no es raro, son originarios de filosofías de espíritus desocupados y desprovistos de valores morales. Fue en este año crucial para la Historia y para mí, que mi hijo fue a estudiar en Europa – sueño no llevado a cabo, por cuenta de un decreto que lo requirió para la guerra. Somos ciudadanos del mundo y es inadmisible que puedan existir aún tantos patriotas fanáticos. El mundo ahora es sólo uno, no se puede más actuar aisladamente como en los tiempos antiguos, cuando tribus hacían guerras entre sí y sin afectar al resto del mundo. ¿Sin embargo, lo que tenemos que ver con el ario de sangre azul? ¿Lo que tenemos? iLa Segunda Guerra no era mía, ni de mi hijo y ni de nadie! Poco antes de él ir a la guerra, me escribió una carta – iesta aquí vea!

Abrí el sobre, las palabras estaban casi indescifrables, ya que el papel estaba amarillento por el tiempo. Y lo que se quedó de la carta en el fondo de mi corazón fue:

 

A Mi padre.

Papá, no sé si tendré el placer de volver a verlo un día. iNo sé! Ila guerra es insana! Acabé de llegar, pero puedo asegurarle que no hay motivo para esta maldita guerra, como ninguna otra tiene. Está claro: ies un acto cobarde, de limpieza étnica! ¿Qué derecho tiene este tirano de obligarme a luchar? No diga nada para mamá: no es justo que ella sufra, dígale sólo que estoy bien.

Papá, guarde los recuerdos de mi niñez, pues fue la mejor parte de mi existencia, un amanecer de esperanza y que aprendí mucho con usted y con mi abuelo. Siempre me miré en ustedes, en la conducta, en el carácter, en el amor. Mi abrigo contra las tempestades, sin duda alguna, fue mi abuelo y usted. Tal vez no realice mis sueños, pero tengo el consuelo de que usted y mi abuelo realizaron los suyos.

No se sienta culpable, porque el sueño de estudiar en Europa fue mío. Nunca debemos desistir de los sueños y la vida primero debe ser soñada y después realizada. No soy cobarde a tal punto de lastimar decisiones que tomé para realizar los míos. Usted fue mi amigo, compañero de todos los momentos. Papá, te amo y te respeto. Usted siempre me apoyó en todo y nunca ha exigido arriba de lo que podría realizar. Papá, tengo orgullo de ser su hijo, espero que tenga llegado al punto que usted esperaba que yo alcanzara y gracias por todo, principalmente por haber cuidado de mi tan bien. 

 Un beso y un fuerte abrazo, del hijo que jamás se olvidará de ti,

                                         Walter Junior. ”

Perdóname, lector, si usted es como creo que sea – de alma sensible, sintió lo mismo que yo, mucha conmoción.

Pero enjuguemos las lágrimas y sigamos adelante con la narrativa…

Me puse en su lugar, gracias a eso pude comprender lo porqué de su mirada lejana y de las arrugas precoces. ¿Lo que hace un hombre tan joven parecer tan anciano, tan acabado? ¿El sufrimiento? Las arrugas del tiempo son inevitables, pero las marcas del sufrimiento son irreparables.

Walter estaba tan borracho que no podía ni hablar derecho más…. Tuve que llevarlo hasta su casa. Amigo sirve para estas horas de inseguridad y de melancolía, de reminiscencias que maltratan y lastiman, cuando atravesamos las sombras del pasado que no pasan y que insisten en asombrarnos. Es ahí donde necesitamos del hombro, de la palabra y de la complicidad de un amigo.

Esta era la situación de Walter, vivía encarcelado en rejas inflexibles del pasado, preso al tiempo que ha marcado indelebre su corazón.

Mi intención era sólo dejarlo en la puerta de casa, pero él insistió tanto para que yo entrara que acepté, y bebí hasta un café. Miré de soslayo la casa: era grande, confortable, chic y acogedora. Revelaba arriba de todo la personalidad de la mujer de Walter, bien cuidada con verdadero apuro. He notado la manera positiva como Beatriz recibió a Walter, a pesar de él estar borracho. Lo trató de mi amor y quiso saber cómo fue la diversión en el bar En cuanto a mí, me recibió muy bien, me agradeció por ser amigo de Walter y por ayudarlo a llegar en casa sano y salvo. Entonces, como retribución, me sirvió un exquisito café.

El café llegó a la hora correcta porque curó mí ebriedad, ebriedad causada por solidaridad a Walter. No se puede negar que una asociación ejerce gran influencia en la vida de una persona. Somos seres influenciables e influenciados, muchas veces hacemos algo para halagar a los amigos, sobre todo a los amigos que conocemos recientemente. En realidad, estaba encantado con la erudición de Walter, como periodista, que me sobrepasaba en inteligencia, entonces fui acercándome, acercando, hasta que conocí toda su vida personal. Resultado: durante este periodo me pasé a beber tanto como él.

Aún sobre la mujer de Walter. Beatriz es una mujer adusta, pero encantadora, de ojos altaneros y orgullo de raza. Es del tipo de aquellas almas que no dejan ver los encantos, desencantos y secretos de la personalidad en el primer encuentro. Es una mujer fuerte y especial – eso me hizo comprender porque la muerte del hijo no ha desestructurado a toda la familia. Sin duda, pude percibir fácilmente, que Beatriz era un puerto seguro para todos de la familia.

Ella estaba con sueño – eso me trajo a la mi realidad. Era hora de irme. Walter insistió para que me quedara más un poco, “iNo va ahora, no; mañana usted no trabaja!…” “¿Quién te dijo que no?”, contrapunteé. “¿Y músico trabaja?”, dijo irónico. “iClaro! En mi caso, aún doy clase en un conservatorio. Vida de artista no es fácil en Brasil, amigo”. – Concluyó Walter.

Salí de allí con el alma ligera. Había tiempos que no tenía un momento tan acogedor, como aquél en la casa de Walter. Llevaba una vida sin muchos atractivos y sin motivos para creer en felicidad, pero eso me cansaba. iTambién el ambiente de bares no es grandes cosas! Las personas que frecuentan los bares, en general van o para ahogar los resentimientos, o para olvidar los amores no correspondidos, o en búsqueda de una aventura amorosa, en fin,  no es un ambiente para la reflexión y la meditación – distinto de los cafés. Los frecuentadores de bares son tontos ebrios de ilusión, fingen felicidad, sueñan encontrar en la bebida, en cada vaso de la añoranza, o de la tristeza adquirida, la bendita y tan deseada felicidad.

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